Comença l’estiu, les vacances i com un fil que es deixa anar l’enfilo a la vida, la d’avui, la teva , la vostra, la meva.

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Zapatos en el comedor o el Hilo desenredado

IMG_1492Zapatos en el comedor o el hilo desenredado

El hilo ya no está enredado como hace un tiempo atrás, no sé si la palabra adecuada es desenredado pero está más suelto. Porque está vida que vivo cada dia más intensamente me lo propone y yo, le tomo la palabra.

Los zapatos tampoco estan en el comedor, pero me quedo con el titular, porque es el titular de mi historia. La de unos zapatos esparcidos en el comedor de casa que hablaban de vidas, de nosotros, de mi família, de los que ya no están y de los que están. Esta imagen dolorosa pero amorosa también, es la imagen de aquellos días tristes. En està escena de comedor que relato faltaban un par de zapatos, los de mi madre. Y si me apuraís, también los de las abuelas.
Y a modo de metáfora descubro que los zapatos de mi madre descansaban ordenados en su armario y ella descansaba -quiero suponer en paz- también en el cementerio de Sarriá.
Sus zapatos me encantaban y a hurtadillas me los ponía como si ese gesto me conectará con ella. Y ante tal desolación, sus zapatos seguían en el armario de su habitación resguardados de los zapatos tristes y solitarios del comedor, los que cada noche dejábamos mi hermano Jorge, mi padre y yo delante de la estufa. Un ritual de buenas noches, de encuentro y de desencuentro. Zapatos cansados del día, de la tristeza muda, de la pena no hablada, del dolor escondido, de los adioses no dichos, del castillo de naipes desmoronado.
Como ya os he comentado, también faltaban los zapatos de las abuelas, de Antonia i de Angelina. Sus zapatillas de estar por casa y sus zapatos para salir. Ellas hacían hogar.
Uno de los recuerdos más bonitos que tengo de casa, de mi infancia, antes de perder a nuestra madre y a las abuelas -se fueron casi juntas-, era cuando nadie dejaba zapatos en el comedor. Y cuando el único hilo era el de mi abuela Angelina cosiendo vestidos bonitos para su clientela fiel, que a pesar de vivir lejos venían a casa a rendirle un merecido agradecimiento por su buen hacer. Cosía con hilos dorados y plateados que aún conservo. Yo salía a recibir a las clientas y como las veía muy bien vestidas y con joyas de película les hacía una reverencia. Y ellas quedaban encantadas y yo aún más.

Mi recuerdo se (des) dibuja en una tarde de lluvia de invierno, yo tenía 8 años, faltaba poco para el giro de nuestras vidas.
Vivíamos en un octavo piso de un barrio periférico. En 60 escasos metros cuadrados seis personas, compartíamos habitación, un hijo con cada abuela. Una casa con gente, en movimiento constante, repleta de palabras, de anécdotas, de historias, de emociones…De color.
Mi casa, siempre al mediodía , olía a comida, aquel día olía a berenjenas en salsa de almendras que mi madre cocinaba requetericas.
La estufa estaba encendida y yo miraba por la ventana del comedor el fuera y el dentro, un vaivén de miradas que me reconfortaba. La calle vacía, el instituto de delante de casa desierto, gente con paraguas y botas agua a paso ligero. Se intuía el frío, mientras en el vaho de los cristales dibujaba caras y corazones.Y yo era feliz. Muy feliz. Porque estaba en casa, con mi gente, porque estaban las abuelas sentadas cerca troceando las judías tiernas para la cena, porque mi madre cantaba canciones de Luis Mariano mientras cocinaba: “En está tierra Mejicana..”. , haciendo gorgoritos con “Meeeejicooooo”. Creo que desde entonces me enamora esta ciudad.
Mi hermano se entretenía con la colección de coches antiguos que su padrina Berta le habia regalado. Todo fluía , sabíamos que pronto mi padre volveria del trabajo.
Recuerdo como si fuera hoy que miraba a fuera y devolvía la mirada hacía los adentros de mi vida, que era mi casa, era CASA en mayúsculas. Algo parecido a aquel juego infantil que cuando llegabas a la casilla de casa estabas salvada.

Es así como yo me sentía antes que la vida tirará demasiado fuerte del hilo y se enredará y aparecierá una escena sin ventana, con zapatos en el comedor, con nudos por deshacer e hilos por hilvanar…Los plateados y dorados de mi abuela dejaron de brillar.
Y hoy, primer día de vacaciones, casi 43 años después, me levanto con ganas de escuchar a Luís Mariano, y de Méjico me voy a la Violetera, y me descubro cantando mientras escribo. Y entrelazo recuerdos y me diluyo en la letra de la canción: (…) vives dando sentido a mi amor…
Y el hilo se desenreda y trenza con la vida, que eres tú, que sois vosotros, que soy yo.
Y abró el cajón donde guardo los ovillos de Angelina…